TOP 5 DE LA SEMANA

spot_img
spot_img
spot_img

NOTICIAS RELACIONADAS

Cuando el país no alcanza a respirar: así se acumula el estrés en Colombia

Colombia no ha tenido tiempo de volver a la normalidad. En pocos días coincidieron un terremoto que dejó comunidades destruidas y familias buscando a sus desaparecidos, la llegada de un nuevo Gobierno, la suspensión temporal del fútbol profesional y una sucesión de imágenes de guerras que entran al teléfono sin pedir permiso.

Ese conjunto no permite afirmar que todos los colombianos estén enfermos ni que el país padezca un único trastorno colectivo. Pero sí plantea una pregunta de salud pública: ¿qué ocurre cuando una sociedad recibe una amenaza tras otra y casi no encuentra espacios para recuperar la sensación de seguridad?

La idea central de esta historia no es diagnosticar a Colombia. Es entender una forma de estrés acumulado: miedo directo para quienes vivieron el terremoto, preocupación vicaria para quienes siguieron las imágenes, incertidumbre política para quienes esperan el rumbo del nuevo Gobierno y ruptura de rutinas para millones de personas que encontraron, durante unos días, que hasta el fútbol había desaparecido.

Una alarma encima de otra

El terremoto del 10 de agosto ocurrió apenas tres días después de la posesión presidencial del periodo 2026-2030, registrada por la Presidencia en Cali el 7 de agosto. La emergencia alteró la agenda nacional, llevó a suspender temporalmente las competencias del fútbol profesional y desplazó cualquier conversación política hacia el rescate, las víctimas y la reconstrucción.

La suspensión del fútbol no fue una decisión frívola. La Dimayor aplazó partidos por razones de seguridad y solidaridad con las comunidades afectadas, mientras varios estadios de ciudades golpeadas quedaron fuera de operación. Pero una medida necesaria también tuvo un efecto cotidiano: retiró de golpe uno de los rituales sociales con los que muchas personas organizan su semana, se encuentran con otros y desconectan por un rato de las malas noticias.

Al mismo tiempo, el teléfono siguió funcionando como una ventana abierta a terremotos, guerras, amenazas, debates políticos, imágenes de destrucción y rumores. La mente puede entender que una guerra ocurre a miles de kilómetros, pero el cuerpo reacciona a la repetición de imágenes, alertas y relatos como si tuviera que mantenerse preparado para algo.

La nueva radiografía de salud mental ya hablaba de sobrecarga

La Encuesta Nacional de Salud Mental 2025 del Ministerio de Salud no midió específicamente el impacto del terremoto ni del cambio presidencial de agosto. Por eso no se puede usar para decir que estos acontecimientos causaron un aumento determinado de la ansiedad. Sí ofrece, sin embargo, una radiografía reciente de las condiciones sobre las que cae esta nueva ola de tensión.

Entre sus hallazgos, el 40,1 % de la población reportó afectación de su salud mental por cambios ambientales, categoría que incluye cambio climático, desastres naturales, contaminación y pérdida de biodiversidad. El 21,6 % de las personas de 12 años o más dijo sentirse afectado por la cultura digital, mientras el 14,9 % de la población de 7 años o más reportó mala calidad del sueño durante el último mes.

La encuesta también encontró que el 53,8 % de los adultos que cuidan en su hogar a una persona enferma o con discapacidad presenta sobrecarga del cuidador. En contraste, el 47,6 % de la población registró alta resiliencia. La fotografía, por tanto, no es la de un país derrotado: es la de una sociedad que combina malestar, desigualdad, redes de apoyo y capacidad de recuperación.

Ese matiz importa. Tener miedo, dormir mal durante algunos días o revisar compulsivamente las noticias después de una tragedia no equivale automáticamente a tener un trastorno mental. El riesgo aparece cuando las reacciones se vuelven persistentes, intensas e interfieren con el trabajo, el estudio, el cuidado de la familia o la vida cotidiana.

El terremoto no termina cuando dejan de temblar las paredes

Para quienes estuvieron cerca del epicentro, perdieron su vivienda, quedaron separados de un familiar o participaron en los rescates, la amenaza no es una imagen en la pantalla: es una experiencia corporal. El miedo puede aparecer al dormir, al escuchar un ruido, al entrar a un edificio o al sentir una vibración leve.

Expertos consultados por El País explican que el estrés agudo puede extenderse durante el primer mes después de un desastre. Entre las reacciones esperables están el insomnio, las palpitaciones, el bruxismo, los cambios de apetito, la desconcentración, la culpa por haber sobrevivido y la sensación de que algo malo está a punto de ocurrir.

“El miedo es una respuesta normal a esta situación”, explica la psiquiatra Vicky Pérez.

La frase no pretende minimizar el sufrimiento. Al contrario: ayuda a evitar que una persona interprete cada reacción como una señal de que se está volviendo loca. La recomendación inicial es nombrar lo que ocurre, hablar con alguien de confianza, recuperar progresivamente las rutinas y buscar atención si los síntomas no disminuyen o impiden funcionar.

La emergencia también alcanza a quienes cuidan. Rescatistas, bomberos, personal sanitario, voluntarios y familiares pueden mantenerse en funcionamiento durante los primeros días y quebrarse después, cuando baja la adrenalina. La atención psicológica no debería reservarse para quienes aparecen bajo los escombros; también debe llegar a quienes los sacan, los buscan o esperan noticias.

Las guerras llegaron al celular

La mayoría de los colombianos no está viviendo directamente una guerra extranjera, pero sí recibe sus imágenes a toda hora. Esa diferencia es fundamental: no se puede equiparar la exposición digital con ser víctima directa de un conflicto. Sin embargo, tampoco conviene fingir que mirar repetidamente cuerpos, bombardeos, desplazamientos y amenazas no tiene ningún efecto emocional.

La investigación sobre sobrecarga mediática ha encontrado asociaciones entre la exposición constante a noticias negativas, la preocupación, la ansiedad y la sensación de pérdida de control. La Asociación Estadounidense de Psicología recomienda poner límites a la saturación informativa y establecer pausas deliberadas, especialmente cuando las noticias empiezan a afectar el sueño o la capacidad de concentrarse.

La Organización Mundial de la Salud ofrece una referencia internacional, no una cifra aplicable automáticamente a Colombia: estima que el 22 % de las personas que han vivido una guerra u otro conflicto durante la última década presenta depresión, ansiedad, estrés postraumático u otra condición mental. El dato sirve para dimensionar el costo de las emergencias, pero no autoriza a convertir a quienes ven noticias de guerra en pacientes.

El problema específico de esta época es que la información no llega en una edición limitada. Llega mediante notificaciones, videos cortos, transmisiones en vivo, discusiones políticas y algoritmos que premian el contenido más perturbador. La persona busca una explicación para tranquilizarse y termina consumiendo diez versiones nuevas de la amenaza.

El fútbol no es terapia, pero sí puede ser una red social

La pausa del fútbol mostró algo que suele pasar inadvertido: las rutinas colectivas también cumplen una función emocional. Ver un partido, reunirse en una casa, ir al estadio, discutir una jugada o compartir una derrota no resuelve un trauma, pero puede producir pertenencia, conversación y un descanso mental.

La Asociación Estadounidense de Psicología ha explicado que, en general, ser aficionado a un equipo puede favorecer el bienestar psicológico porque conecta a las personas con una comunidad. Estudios recientes también han relacionado la identificación con un equipo con un mayor sentido de conexión social, más allá de que el club gane o pierda.

Por eso la suspensión de los partidos fue doble: necesaria desde el punto de vista de la emergencia, pero emocionalmente significativa para un país acostumbrado a marcar los fines de semana con fútbol. La salida no es exigir que todo vuelva a jugarse mientras las víctimas siguen sufriendo. Es reconocer que, en una reconstrucción prolongada, también habrá que recuperar espacios seguros de encuentro.

El cambio presidencial también produce incertidumbre

Una transición presidencial no es solo un acto protocolario. Cambian las expectativas, las prioridades, los funcionarios, las reglas de conversación pública y la forma en que cada grupo imagina el futuro. Para unos puede significar esperanza; para otros, temor o pérdida. En un país polarizado, cada nombramiento, declaración o error puede convertirse en una nueva fuente de discusión y vigilancia permanente.

El problema no es que la ciudadanía tenga opiniones políticas fuertes. El problema aparece cuando la política ocupa todo el espacio mental: cuando cada noticia se interpreta como una amenaza definitiva, cuando la conversación familiar se convierte en una pelea o cuando la persona siente que debe estar conectada para no perderse el próximo sobresalto.

En ese punto, la salud mental deja de ser un asunto privado y se relaciona con la calidad de la conversación pública. Gobiernos, medios, redes sociales y ciudadanos tienen una responsabilidad compartida en no convertir cada emergencia en una cadena interminable de alarmas.

No todo estrés es un trastorno, pero tampoco todo se debe aguantar

El Ministerio de Salud recomienda prestar atención a cambios persistentes en el estado de ánimo, alteraciones importantes del sueño o el apetito, pérdida de interés, pensamientos negativos repetitivos, dificultad para cumplir responsabilidades, aislamiento, conflictos frecuentes, síntomas físicos sin causa clara, consumo problemático de sustancias o ideas de hacerse daño.

Después de un terremoto, la recuperación no ocurre al mismo ritmo para todos. Una persona puede retomar su rutina en pocos días y otra necesitar semanas o meses. Compararse con el vecino, exigir “fortaleza” o responder con frases como “ya pasó” puede aumentar la culpa y el aislamiento.

Cómo recuperar espacios de seguridad

Las recomendaciones no consisten en desconectarse por completo de la realidad. Consisten en recuperar la capacidad de elegir cuánto, cuándo y cómo informarse:

  • Consultar fuentes confiables en horarios definidos y evitar revisar noticias durante toda la noche.
  • No compartir imágenes de víctimas, rumores o videos sin verificar.
  • Retomar rutinas básicas de sueño, alimentación, movimiento y contacto con otras personas.
  • Hablar con niños y adolescentes sobre lo que ven, sin exponerlos de manera repetida a imágenes traumáticas.
  • Escuchar a quien está afectado sin presionarlo para que “sea fuerte” o cuente más de lo que desea.
  • Buscar ayuda profesional si el malestar persiste, se intensifica o impide vivir con normalidad.

La Línea 106 del Ministerio de Salud ofrece escucha, contención emocional, primeros auxilios psicológicos, intervención en crisis y orientación hacia servicios especializados. Es gratuita, confidencial y funciona las 24 horas, los siete días de la semana. Si aparecen pensamientos de hacerse daño o de quitarse la vida, la ayuda debe solicitarse de inmediato.

Colombia no necesita dejar de sentir, sino volver a respirar

El terremoto, el cambio de Gobierno, la pausa del fútbol y las guerras vistas desde el celular no tienen el mismo peso ni producen la misma reacción. Ponerlos en una sola bolsa sería clínicamente incorrecto. Pero sí pueden coincidir en una experiencia social: la sensación de que no hay tiempo entre una amenaza y la siguiente.

La respuesta no es declarar enfermo a un país entero ni pedirle que ignore lo que ocurre. Es reconocer que el descanso, la conversación, el juego, la información confiable y las redes de apoyo también hacen parte de la recuperación colectiva.

Una emergencia no termina cuando desaparecen de la pantalla las imágenes más fuertes. A veces empieza entonces la tarea menos visible: ayudar a que las personas vuelvan a sentirse seguras en sus casas, en sus comunidades y dentro de su propia cabeza.

Fuentes consultadas

Nota de precisión: la Encuesta Nacional de Salud Mental 2025 no midió el efecto específico del terremoto de agosto, del cambio presidencial ni de la suspensión del fútbol. Sus resultados se utilizan como contexto nacional, no como prueba de que esos hechos hayan causado un aumento determinado de los trastornos mentales.

Ronald Rangel
Ronald Rangel
Comunicador social y periodista con más de 30 años de experiencia. Experto en medios digitales y director fundador de VOZCARIBE.COM. Su trayectoria incluye trabajos en medios nacionales e internacionales, además de reconocimientos y galardones por sus historias.

ARTÍCULOS INTERESANTES