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¿Por qué tantos viajeros dejan la Ciudad Amurallada para irse a las islas?

En Cartagena, el plan de muchos visitantes ya no termina al cruzar la Torre del Reloj ni al extender la toalla en Bocagrande. A primera hora, una parte importante de ellos se concentra en el muelle para salir hacia Tierrabomba, Barú, las Islas del Rosario y otros puntos de la zona insular. No es una simple excursión adicional: para buena parte del turista, es el momento que completa —o incluso define— el viaje al Caribe.

El más reciente balance de la Dirección General Marítima (Dimar) ayuda a medir ese pulso. Durante la semana de receso escolar, Cartagena registró 1.955 movimientos de embarcaciones y 33.730 pasajeros movilizados por mar. La cifra no desagrega cuántos llegaron a cada isla ni permite afirmar que las islas superen en visitantes al Centro Histórico, pero sí confirma el peso que ha tomado la experiencia náutica dentro de la oferta de la ciudad.

El viaje busca mar, no solo postales

La Ciudad Amurallada conserva una ventaja difícil de reemplazar: patrimonio, restaurantes, museos, arquitectura y vida nocturna concentrados en pocos kilómetros. Pero ese producto es principalmente urbano. Quien llega desde una ciudad sin costa suele esperar también una jornada de agua abierta, navegación, snorkel, playa y horizonte; una experiencia que el Centro Histórico, por valioso que sea, no puede ofrecer.

Las islas entregan esa promesa de una manera muy fácil de entender para el visitante: salir temprano, pasar el día fuera de la ciudad y regresar en la tarde. El recorrido en lancha se vende como una experiencia completa, no solo como transporte. En ese paquete caben el paisaje de bahía, el mar más abierto, paradas de baño, almuerzo y la idea de desconexión que suele asociarse con el Caribe.

También hay un asunto de contraste. Después de caminar entre calor, tráfico y alta densidad turística en el Centro, la zona insular ofrece distancia física de la ciudad. No significa que sea un paraíso vacío ni que todos los servicios tengan la misma calidad; significa que el visitante percibe que allí encuentra un Caribe más cercano a la imagen que vino a buscar.

Las playas urbanas compiten, pero no juegan el mismo partido

Bocagrande, El Laguito y Castillogrande tienen una ventaja clara: no exigen barco, permiten volver al hotel a cualquier hora y sostienen una economía popular de carperos, vendedores, guías y restaurantes. Además, el Proyecto de Protección Costera ha entregado y recuperado sectores de playa para ampliar y mejorar el borde urbano.

Sin embargo, las playas de ciudad compiten con una expectativa distinta. Allí el visitante comparte un espacio más cercano a avenidas, edificios, comercio y una operación permanente de servicios. La misma Alcaldía avanza en el reordenamiento de sectores de Bocagrande para recuperar espacios y mejorar la movilidad, una señal de que ese borde necesita seguir ajustándose a la presión turística.

En la zona insular, por el contrario, el atractivo no depende únicamente de la arena. Depende de poder navegar, entrar a un entorno de arrecifes y manglares, sentir menor presencia urbana y convertir una tarde de playa en un paseo de día completo. Esa diferencia explica por qué los dos productos pueden coexistir, pero no son sustitutos perfectos.

El éxito trae una pregunta incómoda: ¿quién gana y quién cuida?

La preferencia por salir al mar también aumenta la presión sobre muelles, operadores, comunidades insulares y ecosistemas. Por eso el debate no puede reducirse a cuántas lanchas salen. Cartagena y el Gobierno nacional anunciaron recientemente el refuerzo de controles a los zarpes hacia Barú e Islas del Rosario; el Distrito ha planteado avanzar hacia un turismo regenerativo, con beneficios para comunidades locales y protección de los ecosistemas.

La Capitanía de Puerto ha advertido, además, que las empresas y los capitanes deben garantizar condiciones técnicas y de seguridad antes de cada operación. La recomendación concreta para el pasajero es contratar servicios autorizados, confirmar las condiciones de la embarcación y usar elementos de protección.

“Estas temporadas requieren responsabilidad compartida entre la Autoridad Marítima Colombiana, los operadores y los usuarios”.

La respuesta de Cartagena no debería ser enfrentar las islas contra la ciudad amurallada. El reto es que una visita a Rosario, Barú o Tierrabomba deje ingresos más justos en sus comunidades, opere con reglas claras y no agote aquello que el turista fue a buscar. A la vez, la ciudad debe hacer que quedarse en sus playas y recorrer sus barrios patrimoniales sea una experiencia confiable, cómoda y con identidad propia.

Cartagena tiene más de un destino dentro de sí misma. La creciente salida hacia las islas revela que el viajero no viene solo por la foto de una muralla: viene a buscar una relación con el mar. La pregunta de fondo es si ese viaje se está convirtiendo en un beneficio duradero para la ciudad y para quienes viven del mar.

Lea también: Del picó a las playlists: el boom musical de Cartagena abre una nueva ruta para el turismo cultural.

Ronald Rangel
Ronald Rangel
Comunicador social y periodista con más de 30 años de experiencia. Experto en medios digitales y director fundador de VOZCARIBE.COM. Su trayectoria incluye trabajos en medios nacionales e internacionales, además de reconocimientos y galardones por sus historias.

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