Un tomate que se quedó al fondo de la nevera, media papaya que ya nadie quiso para el desayuno o un racimo de plátanos que se puso negro: en casa el desperdicio suele parecer pequeño. Pero esa comida no empezó a perderse cuando llegó a la cocina. Detrás hubo una finca, agua, trabajo, empaque, transporte, almacenamiento y una cadena de ventas que, en Colombia, falla con frecuencia antes de que el producto llegue al consumidor.
La cifra de 9,76 millones de toneladas que circula esta semana sí tiene respaldo oficial, aunque necesita una precisión: corresponde al estudio del DNP publicado en 2016, no a un conteo nuevo de 2026. El Departamento Nacional de Planeación la sigue citando como referencia: estimó que esa cantidad equivalía al 34 % de los 28,5 millones de toneladas de alimentos disponibles entonces para consumo humano.
La cifra no es menor por ser histórica. Es, justamente, la razón por la que el DNP inició en 2024 una nueva recolección de información con centrales de abasto, comerciantes y transportadores para identificar las pérdidas en transporte y almacenamiento. Mientras llegan resultados actualizados, el diagnóstico de 2016 sigue siendo la fotografía nacional más citada.
La comida se pierde antes de que usted la bote
Perder y desperdiciar no son lo mismo. Se habla de pérdida cuando el alimento deja de estar disponible en la producción, la poscosecha, el almacenamiento o el transporte. Desperdicio es el que ocurre más adelante, en el comercio, restaurantes y hogares, cuando todavía podía tener un uso alimentario.
La distribución del DNP desmonta una idea cómoda: la cocina no carga sola con el problema. El 40,5 % de las pérdidas se ubicó en la producción agrícola y otro 19,8 % en poscosecha y almacenamiento. Juntas, esas etapas representan el 60,3 % del total, una proporción que la FAO en Colombia destacó este año. La distribución explicó 20,6 %, el consumo 15,6 % y el procesamiento industrial 3,5 %.
“La logística, esa ‘ruta invisible’, es en realidad el corazón de nuestra seguridad alimentaria”.
FAO en Colombia, “La ruta invisible de los alimentos”, abril de 2026.
Frutas y verduras concentran el 62 % de las pérdidas y desperdicios calculados por el DNP: alrededor de 6,1 millones de toneladas. Son precisamente los productos que más sufren por golpes, calor, demoras, falta de frío y cambios bruscos de demanda. Una fruta imperfecta no siempre está dañada; pero si no encuentra salida rápida en la cadena, termina fuera del plato.
Por qué Barranquilla y el Caribe importan en esa ruta
El Caribe no es un espectador de esa cadena. El DNP reportó que Barranquilla concentró 5,75 % de los productos perecederos movilizados por las 23 principales ciudades del país entre noviembre de 2022 y octubre de 2024. La cifra mide flujo, no desperdicio en la ciudad; aun así, confirma que lo que ocurra con el transporte, el acopio y la conservación en esta zona tiene repercusión regional.
Granabastos es una de las puertas de entrada para esos alimentos. Esta semana, su gerencia reportó el ingreso de más de 1.200 vehículos cargados de productos para el abastecimiento de la Región Caribe. Esa escala ilustra el reto: una demora, una mala manipulación o una falla de almacenamiento no afecta solo una caja de fruta; puede reducir calidad, acortar vida útil y presionar costos a lo largo de la cadena.
El efecto en el bolsillo no es automático ni permite decir que cada alimento perdido se traduce en un aumento específico de precio. Pero la relación sí existe: cuando hay más trayectos, intermediación, espera y deterioro, el productor recibe menos por lo que se pierde y el consumidor paga una cadena más costosa. La FAO advierte que esa logística también consume agua, energía y combustible sin lograr su propósito principal: alimentar.
La situación puede agravarse con extremos climáticos. Las lluvias, el calor o los cierres viales afectan tanto la cosecha como el traslado de productos frescos. Por eso la preparación del Atlántico frente a El Niño también toca la seguridad alimentaria: conservar mejor los alimentos y fortalecer la cadena de abastecimiento son dos caras del mismo problema.
La responsabilidad llega a la nevera, pero no comienza allí
En el hogar, comprar sin plan, servir porciones que no se consumen y dejar alimentos sin revisar acelera el desperdicio. Pero culpar únicamente a quien bota una fruta o un plato preparado es ignorar que una parte mayoritaria de las pérdidas se produce antes de la compra. La respuesta tiene que ser compartida: mejores vías, centros de acopio, refrigeración, manipulación y canales de venta para productores; y decisiones más cuidadosas en comercios y hogares.
La política existe. La Ley 1990 de 2019 y el Decreto 375 de 2022 crearon el marco para prevenir pérdidas y desperdicios en toda la cadena. El desafío es convertirlo en infraestructura, información y prácticas que lleguen a plazas, centrales, fincas, tiendas y cocinas.
Cuatro decisiones que sí reducen el desperdicio en casa
- Antes de comprar, revise la nevera y planee las comidas de los próximos días. La mejor oferta no siempre es ahorro si parte termina en la basura.
- Dé prioridad a las frutas, verduras y preparaciones que se deterioran primero. Deje los productos más durables para después.
- Separe lo que aún es aprovechable: una fruta demasiado madura puede servir para jugo, salsa o una preparación cocida, siempre que conserve condiciones seguras para el consumo.
- No deseche por apariencia. En productos frescos, una mancha o una forma irregular no siempre significa que el alimento esté dañado.
La próxima vez que algo termine en la basura, la pregunta no debería ser solo qué se dañó en la nevera. También vale preguntarse cuánto recorrido, agua, trabajo y dinero se perdió antes de que ese alimento llegara a casa.





