La Casa de Nariño se prepara para su exposición más ambiciosa: dejar de ser la sede cotidiana del poder y convertirse ella misma en pieza de museo. Abelardo De la Espriella anunció que no despachará desde el palacio presidencial y que ordenó a su designada ministra de Cultura, Paola Holguín, transformarlo en un museo abierto al público.
La decisión, divulgada a pocos días de su posesión, tiene la eficacia política de las grandes mudanzas: produce titulares antes de que aparezcan las cajas, el presupuesto, el plano de distribución y la persona encargada de descubrir dónde se guardó el sello de la República.
“No voy a despachar desde la Casa de Nariño. Le he dado la instrucción a la ministra de Cultura designada, Paola Holguín, para que la Casa de Nariño se convierta en un museo abierto al público”.
Abelardo De la Espriella, presidente electo, durante una transmisión pública reseñada por medios nacionales.
La Casa del poder entra a la vitrina
Si el anuncio se cumple, los visitantes podrían recorrer el lugar donde durante décadas se han firmado decretos, nombrado ministros, recibido dignatarios y explicado que la reunión “solo se retrasó cinco minutos”. Sería un museo de historia republicana con una ventaja curatorial difícil de igualar: buena parte de la colección todavía estaría tibia.
El edificio ocupa el terreno asociado con la casa natal de Antonio Nariño y funciona como sede presidencial desde el 20 de julio de 1908, aunque atravesó reformas y una reconstrucción que condujo a su reapertura en 1979. La propia Presidencia presenta hoy el palacio como “la casa de los colombianos” y permite visitas guiadas mediante inscripción previa.
Por eso, la promesa no consiste exactamente en abrir por primera vez una fortaleza desconocida. La Casa de Nariño ya recibe recorridos programados. El cambio verdadero sería retirar de allí la operación presidencial y convertir el conjunto —o una parte todavía no precisada— en un museo con vocación permanente, colección definida, administración cultural, horarios y recursos propios.
Un museo necesita algo más que un expresidente de cera
La museografía ofrece tentaciones. Un salón podría dedicarse a los discursos que prometieron empezar puntuales; otro, a las reformas anunciadas como inevitables que terminaron convertidas en archivo. También cabría una galería de ministros que juraron permanecer hasta el final y una sala inmersiva donde el visitante experimente la emoción de esperar un nombramiento que nunca llega.
Pero un museo real no se monta con ocurrencias de guía turístico. Requiere definir qué se exhibirá, quién custodiará las obras, cuáles espacios conservarán reserva institucional, cómo circularán los visitantes y qué tratamiento tendrán los bienes patrimoniales, documentos, mobiliario, retratos y regalos oficiales.
Tampoco se ha informado si la propuesta comprende únicamente el palacio histórico o el complejo que sostiene la actividad presidencial. La Casa de Nariño convive con oficinas administrativas, dependencias del Departamento Administrativo de la Presidencia, áreas de prensa, comunicaciones, protocolo, seguridad y apoyo logístico. Sacar el escritorio del presidente es la parte fotogénica; trasladar el Estado que funciona alrededor es la parte que contrata, cuesta y demora.
¿Qué podría mostrar el nuevo museo?
La Casa conserva salones, obras y objetos vinculados con la historia política del país. Su transformación podría ampliar el acceso ciudadano a espacios que hoy se conocen principalmente mediante recorridos controlados, fotografías oficiales y transmisiones presidenciales.
Una institución museística seria podría explicar la evolución de la Presidencia, la arquitectura del edificio, los símbolos del poder, la Guardia Presidencial y las decisiones que marcaron distintas épocas. También tendría que evitar convertirse en el álbum familiar del gobierno de turno. La historia republicana incluye realizaciones, crisis, exclusiones, violencias, reformas y controversias; un museo público tendría que narrarlas con criterios técnicos y no con la memoria selectiva del ocupante más reciente.
La instrucción anunciada a la futura ministra de Cultura abre otra pregunta: ¿el museo dependería de esa cartera, de la Presidencia o de una entidad patrimonial? Hasta ahora no se conoce decreto, proyecto museológico, presupuesto, cronograma, inventario ni acto administrativo que concrete la conversión.
Bogotá dejaría de tener una sola dirección para el poder
La mudanza se inscribe en el plan más amplio del presidente electo para distribuir su actividad entre varias ciudades. De la Espriella anunció una sede permanente en Barranquilla, con funciones en el Batallón Paraíso y el complejo de la Aduana, y planteó que la capital del Atlántico sea reconocida como capital alterna.
VOZCARIBE ya analizó la propuesta de Barranquilla como capital alterna y la inevitable caravana de camionetas blindadas. La conversión de la Casa de Nariño en museo añade una señal simbólica: el nuevo gobierno quiere que la descentralización se vea también en la dirección desde la cual despacha el presidente.
Sin embargo, cambiar la escenografía no garantiza descentralización. Esta se medirá por funcionarios, decisiones, presupuesto y servicios instalados fuera de Bogotá, no por el número de fondos arquitectónicos disponibles para una alocución.
San Carlos ya fue casa presidencial
Cuando se encuentre en Bogotá, De la Espriella anunció que su despacho funcionará en el Palacio de San Carlos, actual sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. El traslado tendría un componente de retorno histórico, no de improvisación absoluta: el edificio sirvió como residencia y sede presidencial durante diferentes periodos de la República.
De acuerdo con la reseña patrimonial de la Presidencia, el Palacio de San Carlos fue construido en el siglo XVI, funcionó varias veces como casa presidencial y hoy alberga la Cancillería. Registros de la Biblioteca Luis Ángel Arango señalan que fue utilizado como residencia presidencial aproximadamente entre 1828 y 1908, además de otros periodos posteriores.
Allí ocurrió, además, uno de los episodios más recordados de la historia del edificio: el atentado contra Simón Bolívar del 25 de septiembre de 1828, del que escapó por una ventana con ayuda de Manuela Sáenz. No sería, por tanto, una sede ajena a la Presidencia; sería el regreso del despacho presidencial a una casa que ya conoció el poder de cerca.
La pregunta seria: ¿qué pasará con la Cancillería?
El anuncio no ha explicado cómo coexistirían la Presidencia y el Ministerio de Relaciones Exteriores en San Carlos, ni si la Cancillería deberá trasladar el despacho ministerial, las áreas de protocolo y otras dependencias que allí operan. El propio ministerio identifica oficialmente el palacio, ubicado en la calle 10 con carrera 5 de Bogotá, como su sede.
La adecuación de un despacho presidencial exige comunicaciones seguras, protección, control de accesos, salas para reuniones de alto nivel, atención de delegaciones y coordinación permanente con el esquema administrativo de la Presidencia. Aunque San Carlos ya recibe cancilleres, embajadores y visitantes internacionales, eso no significa que pueda absorber sin obras ni reorganización la operación cotidiana del jefe de Estado.
Antes de ejecutar la decisión, el próximo gobierno deberá informar qué espacios ocupará la Presidencia, cuáles conservará la Cancillería, cuánto costará la adaptación, qué entidad pagará las obras y qué ocurrirá con los funcionarios desplazados. También deberá precisar quién administrará el museo de la Casa de Nariño y desde cuándo podrá funcionar como tal.
La mudanza tiene antecedentes históricos y una carga simbólica poderosa. Pero, hasta que aparezcan los actos administrativos, el presupuesto y el plano operativo, Colombia cuenta con un anuncio de cambio de sede, no con una sede transformada. La Casa de Nariño todavía no es museo y el Palacio de San Carlos continúa siendo la casa de la diplomacia colombiana.





