La camiseta de Colombia, una eliminación, una posesión presidencial en Cali, un terremoto y el traslado del despacho a San Carlos forman una secuencia perfecta para el comentario callejero. Los hechos ocurrieron; la supuesta mala suerte de Abelardo, por ahora, pertenece al terreno del humor político y la superstición.
En la Región Caribe hay una palabra que resume esa clase de coincidencias: salao. Se usa para hablar de quien parece caminar seguido por el lado equivocado de la fortuna. Y en los corrillos políticos ya apareció la pregunta, mitad chanza y mitad malicia: ¿Abelardo está salao?
La pregunta no prueba nada. Tampoco explica un terremoto, una derrota deportiva ni la violencia de los grupos armados. Pero sí permite observar algo más serio: cómo una sociedad convierte una cadena de hechos reales en un relato sobre el poder.
La camiseta que terminó cargando con la eliminación
Durante la campaña, Abelardo de la Espriella convirtió la camiseta de la Selección Colombia en uno de sus símbolos políticos. La imagen provocó debate y hasta una disputa judicial sobre el uso proselitista de la indumentaria nacional. Su campaña respondió que “la camiseta de Colombia NO se censura”, según Noticias RCN.
Después, Colombia quedó eliminada del Mundial 2026 en la tanda de penaltis contra Suiza. El presidente reaccionó con un mensaje de respaldo: “Hay más futuro que pasado. ¡Que viva la selección y que viva Colombia!”, reportó Semana.
La lógica callejera hizo el resto: si se puso la camiseta y la selección perdió, entonces —en la versión de la superstición— la camiseta quedó “salada”. Es una broma, no una explicación causal. La derrota ocurrió por lo que ocurrió en el partido, no por la fotografía de un candidato.
Cali, la posesión y el terremoto
El 7 de agosto, Abelardo tomó posesión en Cali. Tres días después, el 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 golpeó el occidente del país, con epicentro en el área de San José del Palmar, Chocó. Cali estuvo entre las ciudades más afectadas y el balance de víctimas y daños permanecía en actualización en los primeros reportes, según Reuters y El País.
La escena era demasiado potente para que no produjera comentarios: el nuevo presidente escogió Cali para comenzar su mandato y la ciudad apareció luego en las imágenes de edificios dañados, calles cubiertas de escombros y familias buscando información. En un país acostumbrado a leer señales en los acontecimientos, la coincidencia encontró rápidamente una interpretación sobrenatural.
Pero que un hecho ocurra después de otro no significa que el primero haya causado el segundo. El terremoto responde a procesos geológicos, no a la agenda presidencial. La conexión pertenece al calendario y a la imaginación política.
En ese contexto también cobró relevancia el dolor de las comunidades que han enfrentado terremotos recientes en América Latina. La tragedia merece información rigurosa y atención a las víctimas; convertirla en un amuleto roto del presidente puede ser ingenioso para una conversación, pero es insuficiente para entenderla.
La mano dura y la respuesta de los armados
El nuevo Gobierno llegó con un lenguaje de confrontación directa contra las estructuras criminales. En su primer día, Abelardo ordenó el traslado de 117 presos a cárceles de máxima seguridad, una señal que el Ejecutivo presentó como demostración de “mano dura”, de acuerdo con El País.
Al día siguiente de la posesión, un carro bomba explotó en un peaje de la vía Panamericana, cerca de Cali. La explosión dejó dos guardas de seguridad heridos y el Ejército la atribuyó a disidencias de las Farc, informó Associated Press.
La proximidad temporal alimentó otra lectura: el Gobierno anuncia una guerra frontal y los grupos armados responden de inmediato. Esa interpretación puede tener valor político —porque muestra el desafío que enfrenta la nueva administración—, pero no autoriza a fabricar una causalidad instantánea. Los grupos armados no aparecieron el día de la posesión, y un atentado no convierte automáticamente una promesa de campaña en una estrategia de seguridad eficaz.
San Carlos: historia, símbolo y rumor
Abelardo también anunció que no despachará desde la Casa de Nariño. “No voy a despachar desde la Casa de Nariño”, dijo al explicar que el Palacio de San Carlos será la sede de la Presidencia en Bogotá, según El Heraldo.
La decisión tiene una explicación oficial: recuperar un edificio histórico, abrir la Casa de Nariño como museo y darle al Gobierno una sede distinta. También tiene una carga simbólica: San Carlos fue sede del poder presidencial antes de que la jefatura del Estado se instalara en la Casa de Nariño.
En los corrillos apareció una versión más oscura: que el presidente teme alguna brujería asociada con el Gobierno saliente y por eso prefiere despachar desde la edificación diagonal. No existe evidencia de esa explicación ni una declaración presidencial que la respalde. Su valor está en otra parte: muestra cómo, cuando un mandatario rompe con los símbolos tradicionales, el vacío de explicación se llena con rumores.
La mala suerte como espejo del poder
La cadena queda así: camiseta y eliminación; posesión en Cali y terremoto; discurso de guerra y atentado; Casa de Nariño y brujería. Un hilo une hechos distintos, pero ese hilo no es la causalidad: es la narración.
Un gobierno también se comunica con escenarios, colores, gestos y decisiones espaciales. Abelardo entendió esa regla al usar la camiseta de la Selección, al posesionarse en Cali y al mover el centro simbólico de la Presidencia a San Carlos. El problema es que los símbolos no se controlan por completo. Una vez lanzados al espacio público, la gente los combina con sus miedos, sus chistes y sus explicaciones heredadas.
¿Está Abelardo “salao”? No hay forma seria de responder que sí. Lo que sí puede decirse es que comenzó su mandato rodeado de coincidencias narrativamente perfectas. La responsabilidad periodística consiste en separar las capas: estos son los hechos; esta es la lectura política; y esto otro, el comentario callejero.
El verdadero riesgo no es que un presidente tenga mala suerte. Es que la superstición termine ocupando el lugar de las preguntas que sí importan: qué hará el Gobierno frente a los grupos armados, cómo atenderá a las víctimas del terremoto y si sus decisiones simbólicas se traducirán en resultados concretos. En política, el mal agüero puede dar una buena conversación; la rendición de cuentas exige bastante más.





