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Venezuela y los terremotos: una historia de 214 años que el miércoles volvió a repetirse

El doblete sísmico de magnitud 7,2 y 7,5 que destruyó Caracas y La Guaira no llegó sin aviso. La historia sísmica del país es un relato de ciclos trágicos que se repiten, y la geología explica por qué Venezuela está condenada a temblar.

María Romero tiene 80 años y vive en el sur de Caracas. Cuando el miércoles el edificio comenzó a sacudirse, necesitó la ayuda de la policía para bajar. «Este terremoto fue horrible, incluso peor que el de 1967», dijo. En esas palabras cabe todo: una mujer que vivió los dos terremotos más devastadores del siglo pasado y el presente, y que sabe, como muy pocos, que lo que ocurrió el 24 de junio de 2026 no es una anomalía. Es la continuación de una historia que Venezuela lleva escrita en su suelo desde antes de ser república. LA NACION

1812: el terremoto que casi sepultó una nación

El antecedente más catastrófico ocurrió el 26 de marzo de 1812, un Jueves Santo. A las 16:05 horas empezó un movimiento de tierra que duró 26 segundos. Al final de esos segundos, los edificios de Caracas estaban en ruinas y miles de personas habían quedado sepultadas.

El sismo destruyó Caracas, La Guaira, San Felipe, Barquisimeto, Mérida y otras poblaciones intermedias, con un total estimado de entre 15.000 y 20.000 víctimas. Algunos riachuelos cambiaron su curso en el valle de Caracas, manó agua fétida a borbotones y vastos espacios fueron inundados.

El terremoto del Jueves Santo no solo demolió edificios. Llegó en plena guerra de independencia y los realistas lo usaron políticamente: el arzobispo Narciso Coll y Prat lo presentó como castigo divino por la insubordinación a la corona española. La magnitud estimada del evento alcanzó 8 en la escala de Richter, con una ruptura superficial que abarcó 350 kilómetros entre Mérida y San Felipe. Es, hasta hoy, el mayor terremoto de la historia venezolana.

1967: el sismo que cambió la forma de construir

Ciento cincuenta y cinco años después, la noche del 29 de julio de 1967, a las 8:05 p.m., un sismo de magnitud 6,6 sacudió Caracas durante 35 segundos. Su epicentro se localizó en el litoral central, a apenas 20 kilómetros de la capital, y afectó con especial violencia las zonas de Altamira, Los Palos Grandes y Caraballeda.

El balance fue de más de 200 muertos y 2.000 heridos, con seis edificios completamente colapsados, 40 declarados inhabitables y 180 con deterioros graves. Unas 80.000 personas quedaron sin hogar. Los edificios que cayeron en Altamira y Los Palos Grandes eran modernos, de hasta 12 pisos, construidos con diseños que no habían sido probados frente a ondas sísmicas de ese tipo. Cerca de la plaza Altamira se derrumbó el edificio Neverí; el edificio Mijagual, de diez pisos, quedó reducido a escombros, y todos sus ocupantes fallecieron.

Tras el terremoto, el presidente Raúl Leoni nombró una comisión para investigar las causas de las fallas estructurales. Venezuela actualizó sus normativas de diseño antisísmico y creó en 1972 la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas, Funvisis, para monitorear las fallas y estudiar la amenaza sísmica del país.

Se prohibieron los diseños de «piso blando» —plantas bajas abiertas sostenidas solo por columnas delgadas— y se obligó a las nuevas estructuras a incluir sistemas capaces de absorber la energía sísmica sin partirse. La tragedia del 67 fue, a su manera, el inicio de una arquitectura más consciente de lo que está bajo el suelo venezolano.

Por qué Venezuela tiembla: las tres fallas que cruzan el país

La razón de fondo es geológica. Venezuela está ubicada en el límite entre dos enormes placas tectónicas: la Placa del Caribe y la Placa Sudamericana, cuyo rozamiento genera una actividad sísmica constante a lo largo de todo el territorio. Ese contacto no es una sola línea sino un sistema de tres grandes fallas interconectadas.

La Falla de Boconó, en el occidente, recorre los Andes venezolanos desde la frontera con Colombia hasta Barquisimeto y fue la responsable de la catástrofe de 1812. La Falla de El Pilar, en el oriente, atraviesa el estado Sucre y causó el terremoto de Cariaco en 1997, que dejó más de 70 muertos. Y en el centro, corriendo de manera submarina paralela a la costa norte, está la Falla de San Sebastián: pasa exactamente frente a los estados Falcón, Carabobo, Aragua, La Guaira y Miranda. Es la que destruyó Caracas en 1967. Y es la que volvió a moverse el miércoles.

El mecanismo es siempre el mismo. Debido a la enorme fricción entre las placas, los bloques de roca quedan «trabados» durante décadas o siglos mientras la presión acumulada crece de forma invisible. Cuando esa presión supera la resistencia de la roca, la falla se fractura y se desliza en cuestión de segundos, liberando instantáneamente la energía acumulada en forma de ondas sísmicas.

En el evento del miércoles, ese deslizamiento ocurrió dos veces seguidas con 40 segundos de diferencia, lo que los sismólogos denominan un «doblete sísmico»: un fenómeno poco común en el que dos terremotos de gran magnitud se producen en la misma zona casi simultáneamente, multiplicando la destrucción antes de que cualquier estructura pueda recuperar el equilibrio.

Aproximadamente el 80% de la población venezolana vive en zonas de alta amenaza sísmica. Los 164 muertos confirmados hasta ahora, las miles de familias sin noticias de sus seres queridos y los más de 120 edificios derrumbados en La Guaira y Caracas son la expresión más brutal de ese dato. La tierra venezolana lleva siglos advirtiendo. El miércoles volvió a hacerlo.

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